domingo, 1 de junio de 2014

Carta abierta a una niña que teje




Escribo esto porque sé que no tienes internet y la probabilidad de que leas esto es tan grande como la distancia que nos separa.

Lo primero que me llamó la atención de ti fue tu sencillez y naturalidad, una mezcla perfecta entre Penélope y Yoko Ono, con un pelo totalmente desarreglado alcanzando el límite de lo chascón, pero que sutilmente indica una cierta preocupación por mantenerlo así. Al menos lo tienes limpio. Tus zapatos están normalmente desatados y tu mirada es como la del gato de Shrek. Te noto inquieta, como si el mundo pronto acabase. Siento que buscas desesperadamente respuestas para ver hacia dónde irás después de este episodio de vida humana.  

Apareciste en un lugar sin obligación y compromiso. Te veo una vez por semana, en el cual los minutos para hablar contigo son menos que los que añade Patricio Polic arbitrando a la “U”. Me hablas de Nietszche, del sin sentido y de la felicidad, justo en un momento en que mis sensaciones caminan en torno del abismo de la angustia; del para qué estoy y de cómo puedo revertir la maldad prehistórica del hombre. Me confundes más. Te escucho, te encuentro razón y comparto tu trágico análisis. Sin embargo, lo que más gusta es que al final siempre terminas riendo. 

Al parecer uno de tus hobbies es tejer. Te vi haciéndolo la última vez. Nunca había visto algo similar. Ya. No seguiré escribiendo porque no es mi deber subir tu ego. Buenas noches.

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